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miércoles, 16 de enero de 2008

Religión vs. ciencia: pelea de antaño...

BBC Mundo | Cultura y Sociedad | Religión vs. ciencia: pelea de antaño

Los conflictos entre religion y ciencia son de larga data.

Hoy en día, pasan por el lado de la investigación genética de células madre o de la inteligencia divina o el Big Bang como explicación del origen del universo, pero lo cierto es que hasta las peleas de antaño son una herida abierta.

En Roma, la prestigiosa universidad La Sapienza, fundada en el siglo 14, se encontraba en estado de rebelión contra el discurso que el Papa Benedicto XVI iba a pronunciar este jueves (ya canceló el viaje) para la inauguración del ciclo lectivo del 2008.

Unos 60 profesores escribieron una carta abierta diciendo que la visita del Papa los ofende y humilla.

Los profesores sacan a relucir un discurso del entonces Cardenal Ratzinger en 1990 en el que defendía el juicio que la iglesia le hizo por herejía a Galileo Galilei.

En 1633, a raíz de este juicio, Galilei se vio obligado a confesar su error al afirmar que la tierra giraba en torno al sol.

Gracias a esta rectificación, Galilei pudo salvar su pellejo, pero estaba tan convencido de sus observaciones astronómicas, que no pudo dejar de agregar al final de su discurso ante la inquisición, que "e pur si muove", es decir, que dijeran lo que dijeran las escrituras, la tierra "se mueve".

Según los profesores de la universidad romana, el entonces Cardenal Ratzinger dijo que el juicio de la inquisición contra el llamado "padre de la ciencia moderna", había sido racional y justo.

En el Vaticano respondieron que el Papa no había expresado su propio pensamiento sino que había citado a un filosofo austriaco.

Todo esto a pesar de que en 1992 el papa Juan Pablo II reconociera que la Iglesia se había equivocado con Galilei.

Así las cosas existen ciertas posibilidades de que en un par de siglos -teniendo en cuenta que el tiempo corre hoy más de prisa que en el renacimiento- la Iglesia reconozca las bondades de la investigación genética de células madre y admita el célebre Big Bang.


martes, 15 de enero de 2008

Daniel C. Dennett, Romper el hechizo. La religión como fenómeno natural (Katz)

RC - Artículos - Daniel C. Dennett, Romper el hechizo. La religión como fenómeno natural (Katz) - Página 1

Siempre se ha dicho que la religión es la relación del ser humano con lo sobrenatural. Desde hace más de un siglo, sin embargo, la sociología de la religión ha estudiado el asunto como fenómeno cultural o social. El filósofo Daniel C. Dennett va un poco más allá y, en sintonía con Richard Dawkins (aunque el libro que comentamos fue publicado unos meses antes que el del inglés), lo aborda como fenómeno natural. Incluso si Dios existiese, afirma Dennett, la religión sería un fenómeno natural, como lo es el cáncer.Y si el cáncer es objeto de investigación científica, la religión no lo ha de ser menos. Dennett tiene la percepción de que los creyentes se aferran al dogma de que la religión es un asunto que no puede investigarse, pues tiene que ver con el ámbito de «lo sobrenatural»; según él, tras esta actitud se esconde la inseguridad de quien, temiendo que no sea así, prefiere que la investigación no destape la verdad.

El tema es tan delicado que nuestro autor dedica casi un tercio de su libro a disipar los temores que suelen plantearse frente al análisis racional del fenómeno religioso. Más que conseguirlo, obtiene un curioso efecto lateral: produce la impresión de que es el propio Dennett quien teme entrar al trapo en el asunto de la religión, pues al plantear de un modo tan prolijo y reiterativo la reticencia existente a un tratamiento científico de la religión, el lector pronto empieza a preguntarse si no estará amplificando el eco de las prevenciones que suelen anteponerse en el estudio de este importante asunto. Lo cierto es que el libro va dirigido expresamente al público medio norteamericano, que podría considerarse más terco e impermeable ante la crítica pero, aun así, uno se pregunta: ¿acaso los lectores habituales de los libros de Dennett son creyentes obcecados, de los que no están dispuestos a conceder ni la posibilidad de un estudio científico de la religión? ¿Son necesarias las 125 primeras páginas -toda la primera parte de la obra, titulada «Abriendo la caja de Pandora»- para prepararnos psicológicamente de cara a lo que ha de venir después?

Desde el punto de vista de Dennett, si queremos explicar por qué la gente parece necesitar una religión, la manera más sabia de abordarlo radica en formular algún intento de respuesta a la pregunta clave del enfoque darwinista: Cui bono? ¿Quién se beneficia de ello? No quién se hace rico, ni quién adquiere más poder para dominar a otros, sino ¿qué reporta, en qué ha ayudado, en qué ha contribuido a la superación de presiones ambientales, de qué manera han promovido las creencias religiosas la supervivencia y la reproducción? A pesar de los costes que comportó para los humanos del pasado la práctica de la religión, hubo de contribuir en última instancia a una mayor eficacia biológica; de otro modo no se hubiera seleccionado la tendencia humana a creer en lo sobrenatural. Dennett explora diversas hipótesis que explican la religión con un enfoque evolucionista.

Una de ellas iguala las creencias religiosas con el azúcar o la grasa; el gusto humano por los alimentos dulces o grasos surgió en una fase de nuestra evolución en la que era necesario proveerse de ocasionales fuentes de energía (en forma de glucosa o grasas). La creencia en Dios es estimulante en el mismo sentido: una especie de sacarina para el cerebro. Ante la ausencia de explicaciones más racionales, la mente primitiva necesitó recurrir a la creencia en lo sobrenatural para dominar cognitivamente el entorno. Era cuestión de supervivencia. Pero igual que hoy en día el fácil acceso al azúcar o la grasa ocasiona problemas de diabetes u obesidad, las creencias religiosas han sobreestimulado nuestra innata tendencia a encontrar respuestas fáciles e inmediatas a lo que nos ocurre, lo que explica que muchos humanos se hayan quedado anclados en la atávica costumbre de recurrir a lo sobrenatural en una época en la que ya disponemos de mejores alternativas.

¿Y si admitiéramos que no es una tendencia genéticamente incorporada, sino culturalmente transmitida? No sería tan grande la diferencia, pues al fin y al cabo la explicación mantendría la misma línea maestra: la tendencia a creer en lo sobrenatural es fruto de la evolución (biológica y cultural) por selección natural. Los genes predisponen al aprendizaje de memes -unidades culturales transmisibles tanto horizontalmente como de generación a generación-, y éstos se difunden, de manera infinitamente más rápida, por una selección cultural sujeta a variaciones no siempre aleatorias. Dennett se hace eco de la teoría de los memes puesta en circulación por Richard Dawkins y le confiere la máxima credibilidad. En esta teoría, los beneficiarios no son los individuos que transmiten los memes, sino los memes mismos, que son una suerte de simbiontes microbianos, unos parásitos que se instalan en el cerebro y aprovechan la menor oportunidad para expandirse, colonizando otras mentes. Los memes no se propagan a través de la descendencia, sino de los medios propios de la difusión cultural. El simbionte de la religión, que podría bautizarse como Cultus religiosus, ha prosperado exitosamente gracias, en parte, a los beneficios psicológicos que genera en sus hospedadores, pero también debido a su capacidad de generar mecanismos de opresión contra quienes se resisten a ser infectados por él.

Otra hipótesis, no incompatible con las anteriores, es la que apela a la selección sexual. Tal vez, reconoce Dennett, la religión sea como el jardín del capulinero, una construcción enormemente costosa, llena de elementos brillantes y coloristas que resultaba atractiva para las hembras de la especie. Quizás en el Paleolítico a las hembras de la especie humana les atraían los hombres que mostraban sensibilidad hacia la ceremonia y la música por parecer mejores proveedores; y, de hecho, probablemente lo fueran y tuvieran más hijos y más nietos que quienes carecían de esta sensibilidad, propagando el gusto por la ceremonia entre sus descendientes. No es una idea alocada: lo cierto es que el talento musical atrae a las mujeres, y esto hace que se vendan millones de guitarras al año.

Cabe considerar también la posibilidad de que la religión haya sido fruto de una convergencia evolutiva de tipo cultural. Igual que los sistemas monetarios han aparecido independientemente en distintas culturas, las religiones podrían haber surgido en muchos lugares cumpliendo funciones análogas y evolucionando hacia rasgos comunes sin previo contacto. Entre estas funciones destaca Dennett los beneficios sociales que reportan las creencias religiosas: hacen la vida en grupo más segura, armoniosa y eficiente, permiten que una élite controle al resto de la sociedad, e incluso podría hablarse de un beneficio de la sociedad en su conjunto, más que de sus miembros. En este caso estaríamos contemplando un fenómeno de selección de grupo , si desde la perspectiva de la competencia intergrupal observamos que aquellos colectivos en los que han arraigado las creencias están mejor cohesionados y son más cooperativos que otros en los que las creencias religiosas no están tan implantadas, y eso facilitaría su perpetuación a expensas de los grupos rivales.

No hay que desdeñar, por último, la idea de que la religión puede ser simplemente un subproducto. Podría haber surgido como respuesta, en principio poco significativa, a algún hecho también poco significativo, y a partir de ahí habría ido evolucionando igual que lo hace una perla en el interior de la ostra que se defiende acumulando minerales contra algún agente patógeno, y que más allá de su propósito original acaba construyendo una brillante esfera, de alto valor para los humanos.

Sea como fuere, las religiones primitivas, de carácter animista, están construidas sobre la base de la atribución de intenciones (creencias y deseos) a entidades no humanas. Como aproximación cognitiva a muchos fenómenos complejos, el animismo es indudablemente útil para la supervivencia. Incluso cuando el fenómeno no se asemeja a un agente consciente -por ejemplo, las nubes-, es sencillo considerarlo como algo manipulado por un agente -el dios de la lluvia- que provoca sus acciones. Todo aquello que nos afecta se entiende y controla mejor si lo consideramos como un agente que interactúa con nosotros o frente a nosotros. Así es como funciona la mente: el cerebro tiene un sesgo para la identificación de agencias intencionales en nuestro entorno, un sesgo que todavía utilizamos tanto para entender fenómenos sociales como procesos económicos o el funcionamiento de cualquier artilugio tecnológico. Es algo en lo que Dennett ha insistido suficientemente en libros anteriores. En el que ahora nos ocupa, incluye las creencias religiosas en el mismo esquema: se trata, simplemente, de atribuciones de intencionalidad a entidades imaginarias que han superado la prueba del paso del tiempo.

Siguiendo a Pascal Boyer, una de las principales funciones de la creencia en una entidad sobrenatural es que se trata, casi siempre, de agentes de acceso completo. En casi todas las tradiciones religiosas los antepasados son seres omniscientes de los que uno no puede esconderse ni en sus más íntimos pensamientos. Hoy nos parece una idea terriblemente contraproducente para el ejercicio de la libertad individual (¡socava el derecho a la intimidad!), pero en tiempos pasados tuvo una importante función: servía de ayuda para la toma de decisiones. En efecto, simplifico muchísimo el pensamiento de qué he de hacer ante cualquier situación dada si me planteo: «¿qué querrían mis antepasados que yo hiciera en tal situación?». Más fuerza tiene aún la pregunta si creo que los antepasados tienen, de hecho, un acceso ilimitado a mi experiencia, pues la fórmula quedaría así actualizada: «¿qué quieren mis antepasados que yo haga ahora?».

Una creencia bien asentada en la tradición era mucho más sólida que cualquier novedosa reflexión racional entre los cazadores-recolectores del Paleolítico. La incompletud del conocimiento era tan gravosa que valía la pena recurrir antes a un mito que a una mala explicación naturalista. Sin duda, es más adaptativo explicarse los fenómenos apelando a lo sobrenatural que no poder explicárselos.

La idea central del libro surge cuando, una vez consumado un intento de explicación de la emergencia de las creencias religiosas en el pasado de la humanidad, el filósofo de Tufts se plantea por qué razón de fondo, en un mundo secularizado y científicamente avanzado como en el que vivimos hoy, tienen todavía tanto predicamento dichas creencias. No sería lógico si suponemos que la ciencia ha desplazado por completo al mito y la religión en la explicación del mundo objetivo, pero quizá resulte más comprensible el fenómeno si tenemos en cuenta que las creencias metafísicas son, para la mayoría, todavía más importantes que las ideas científicas, incluso que las políticas.

Entre las creencias metafísicas está la creencia en la libre voluntad, muy importante, sin duda, y abordada por Dennett en un trabajo anterior. Por mucho que nos digan que el mundo es a nuestra escala determinista, creemos en el indeterminismo de la libertad de acción. Otra de esas creencias inamovibles es la creencia en que está bien creer en Dios. Aunque no exista ninguna evidencia a favor de ello, estamos tan persuadidos de que la religión es buena y de que las creencias de tipo religioso son consoladoras, reconfortantes y esperanzadoras, que, por lo general, la gente no altera su actitud cuando pierde la fe. ¿Qué hace la gente cuando descubre que ya no cree en Dios? Muchos de ellos no hacen nada; algunos ni siquiera se lo comunican a sus seres queridos, otros no dejan siquiera de ir la iglesia. ¿Por qué? Quizá porque poseen la firme convicción de que la creencia en Dios es algo a preservar y, por ello, en lugar de desecharla de un modo decidido, la sustituyen por una concepción más abstracta y despersonalizada de Dios. O dejan de creer directamente en Dios para creer en la creencia en Dios.

La religión tiene anticuerpos contra el escepticismo. Los fieles de todas las confesiones religiosas, es decir, casi todos los seres humanos del planeta, hemos sido educados en la idea de que cuestionar la fe es algo insultante o irrespetuoso. Las creencias religiosas tradicionales se han defendido durante siglos protegiéndose mediante la estrategia de la criminalización del contrario. Dennett lo había advertido en la primera parte de su libro: ¿por qué esta resistencia a aceptar que la religión sea susceptible de investigación científica? Porque es un sistema de ideas autoprotegido contra su eventual desaparición.

Un síntoma de ello es que, aunque ahora pocos creen en el Dios de la Biblia tal y como allí se presenta literalmente, y aunque se tiende más bien a creer en un «algo» despersonalizado y apenas providente que está detrás de todo como un puro misterio insondable, el lenguaje de las creencias casi no ha cambiado. No lo llaman Poder Superior u otra cosa, sino Dios. La respuesta que nos brinda Dennett a esta paradoja es simple: estos creyentes no creen tanto en Dios como en la creencia en Dios, pues ante todo se mueven por su aprecio al hecho de profesar la fe , y eso es lo que les lleva a mantener la continuidad de la nomenclatura religiosa al uso.

Profesar la fe es más interesante hoy día que tener fe. El objeto -la fe- ha quedado desplazado por la actitud. De manera parecida, podríamos resumir la idea central de Dennett diciendo que el objeto de la religión, tradicionalmente Dios, ha dejado de ser el objeto de las evolucionadas creencias religiosas de hoy; el verdadero objeto es hoy en día la misma creencia en Dios. Ya no importa si hay algo real que creó el universo o se inmiscuye en nuestras vidas: importa la idea de Dios (lo que llama Dennett el «objeto intencional»). O, si se prefiere, el pensamiento de Dios. La gente quiere pensar en Dios porque se siente mejor si lo hace, independientemente de si creen o no creen que existe tal Dios.

La diferencia entre creer en Dios y creer en la creencia en Dios es importante para entender la pervivencia de la religión en Occidente. En un mundo secularizado como el nuestro, uno puede creer en la creencia en Dios sin necesidad de creer en Dios. Esto es posible porque, aun sin fe, uno puede considerar que la fe es un estado mental que vale la pena. Hay teólogos cristianos que insisten en este punto, incitando al descreído a atreverse a tener fe para ver qué maravilloso mundo de sensaciones profundas se le abrirán con la experiencia. No cuestionarán si Dios es real o imaginario: esto ya no importa. Lo que importa es el hecho de pensar en Él.

La fe había sido siempre aceptación de la revelación divina. Hoy es, más bien, la confianza personalizada, psíquicamente satisfactoria, en un Dios apofático (inefable, incognoscible, más allá del alcance humano). Es el diagnóstico de Dennett: Dios ha desaparecido de la escena y en su lugar ha emergido la mente humana.

El libro termina precisamente analizando las relaciones entre moral y religión. Es cierto que la religión desempeña un papel importante como fundamento de la moral, pero está suficientemente probado que quienes no creen no son «moralmente peores»: en la población presidiaria de Estados Unidos, asegura Dennett, están representadas todas las confesiones (católicos, protestantes, musulmanes, judíos, pero también no creyentes) en una proporción similar a la que se encuentra en la población general. Si nos atenemos a los «valores familiares», los ateos tienen un índice de divorcios inferior a los cristianos. No hacen falta más comprobaciones para convencerse de que la ética no encuentra mejor acomodo bajo el paraguas de las doctrinas religiosas que de unos valores morales cívicos o individuales huérfanos de todo fundamento divino. Como también recoge Dawkins en The God Delusion, Dennett se hace eco de aquellas filosofías que buscan para la ética fuentes no religiosas, y coincide con el inglés en que una moral basada exclusivamente en códigos sagrados es más propia de personas infantiles o inmaduras que de mentes reflexivas: aducir que «Dios lo quiere así» no sólo no es válido como argumento, sino que supone una claudicación de la inteligencia. Pero, a diferencia del primero, Dennett reconoce el importante papel que el fundamento religioso de la moral ha desempeñado tradicionalmente en la solución pacífica de los conflictos. Pues la idea de que Dios vigila la conducta correcta permite a cualquiera de las dos partes enfrentadas confiar en el cumplimiento de sus contratos o promesas por parte del otro. Obviamente, hoy disponemos de garantías jurídicas y no necesitamos esta forma de absoluto para asegurar el cumplimiento de los acuerdos. Cínicamente expresado, cuando se dice que la gente necesita la religión, lo que quiere decirse es que la gente necesita la policía.

Ni socavamos los cimientos de la ética cuestionando la religión, ni ello nos aboca a una desencantada posición materialista donde ya no tiene asiento la espiritualidad. El término espiritualidad es fuente de confusiones varias. En el curso de sus indagaciones sobre el tema de las creencias religiosas, Dennett dice haber escuchado muchas veces que el hombre siente una «profunda necesidad» de espiritualidad. Todo el mundo cree saber a qué se refiere con el término «espiritualidad», pero nadie osa definirlo, como le ocurría a Louis Armstrong con el jazz («si me preguntan qué es, ya no sé lo que es»). Se contrapone «espiritualidad» a «materialismo» y se piensa que tal necesidad es una tendencia irrefrenable a creer en lo sobrenatural. Ésta es la primera gran confusión. A contracorriente de esta común actitud, Dennett se esfuerza por ofrecer una definición de la espiritualidad: no es nada que tenga que ver con la religión, sino más bien con una cierta actitud vital de descubrimiento de la insondable profundidad y belleza de cuanto nos rodea. Y, por supuesto, tampoco tiene nada que ver con la bondad moral. Esta es la segunda gran confusión. Puestos a disiparla, no tenemos más que escoger el mejor ejemplo que encarna esta falaz identificación entre espiritualidad y bondad: el monje contemplativo (cristiano, budista o de cualquier otra religión). A diferencia de aquellas monjas que hacen un duro trabajo en escuelas u hospitales, quien se retira del mundo para entregarse a la purificación de su alma no puede ser considerado moralmente superior a quien se dedica devotamente a mejorar su colección de ellos o a la práctica del golf.

La propuesta de Dennett, en síntesis, es la de un evolucionista que entiende la emergencia de la religión por su originario poder explicativo. Su indiscutible triunfo histórico se debe al hecho de que se propaga exitosamente como un meme bien autoprotegido que encaja en gran variedad de expectativas psicológicas. Que haya evolucionado de la manera en que lo ha hecho hasta hoy no significa, sin embargo, que sea buena para nosotros (como no lo es el tabaco, que también ha evolucionado con éxito). La pervivencia actual de las religiones dice mucho acerca de nuestra resistencia al pensamiento racional y a la adopción de una cosmovisión científicamente informada. Por esta razón, habría que enseñarles más religión a los niños. Sería bueno mostrarles que las creencias religiosas son un refugio para la ignorancia.

Y no es que la ignorancia sea algo vergonzoso. Lo que es vergonzoso es imponer la ignorancia. En pleno siglo XXI, las creencias religiosas están todavía tan arraigadas en las culturas de todos los rincones del planeta que uno se pregunta si vale la pena seguir insistiendo en la incompatibilidad entre fe y racionalidad científica, pues podría ser una interminable batalla en la que se pierde mucho más que se gana. Por mucho esfuerzo que autores como Dennett y Dawkins pongan en el empeño, probablemente no van a conseguir un retroceso significativo de la irracionalidad de las creencias religiosas ante el avance del conocimiento científico. Cabe preguntarse si no es contraproducente -no ya para la religión, que goza de buena salud, sino para la cultura científica- argumentar a favor de la tesis de la disyunción «ciencia o religión», pues es obvio que hay mucha más gente que cree en Dios que en la selección natural, y a la inmensa mayoría de los primeros nadie va a convencerles de que están equivocados.

¿Hacemos un buen servicio a la teoría de la evolución cuando insistimos en que la idea de selección natural contradice la de diseño planificado? Desde luego, esto es algo que afirma la propia teoría. Pero, ¿sirve de algo elevar esta contradicción a rango de prueba sobre la incompatibilidad entre ciencia y religión? Algunos pensarán que quizá sólo sirva para alentar a los creyentes a que adopten posturas anticientíficas con el fin de poner a salvo la fe amenazada. Otros pensamos que vale la pena correr el riesgo: al fin y al cabo, se trata de un debate de ideas.

Lo más irónico es que tanto Daniel Dennett como su admirado Richard Dawkins, a pesar del brillante papel que sus libros cumplen en cuanto a concienciación, coinciden con los fundamentalistas cristianos -por motivos opuestos- en lo esencial: la teoría de la evolución y la religión no pueden seguir caminando pacíficamente de la mano.


jueves, 10 de enero de 2008

El ocultismo o magia a menudo ha sido origen de la Ciencia.

«El ocultismo o magia, desde luego está basado en la superstición, pero ha sido a menudo origen de la ciencia. Las artes ocultas comparten con la ciencia el deseo de interpretar la naturaleza en forma positiva, y conseguir los servicios de la naturaleza por medio de su conquista por el hombre. El ocultismo se convierte en ciencia cuando renuncia a su confianza en las fuerzas sobrenaturales y trata de interpretar el universo sólo en función de las fuerzas naturales. Los conceptos sobre estas fuerzas naturales pueden parecer más bien simples y toscos en un principio, pero en ellos encontramos los comienzos de la ciencia. Tal ha sido la contribución de la escuela yin yang al pensamiento chino. Esta escuela representa una tendencia científica en ese sentido...»

Feng Youlan, "Breve Historia de la Filosofía China"

miércoles, 9 de enero de 2008

Ciencia y Religión - Opinión de Erwin A. Aguilar.

LA PRENSA - Opinión

El autor es profesor de Investigación en la Escuela de Medicina, LSU Health Sciences Center, Nueva Orleáns, Louisiana.

El avance de la ciencia ha colocado a los científicos como el tercer elemento en medio de los conflictos entre los filósofos y los religiosos, pero alejándose, poco a poco, del dominio de la religión y de los religiosos.

Recordemos a Giordano Bruno, 1548-1600, filósofo, cura, cosmólogo y ocultista, quien propuso la idea de un universo infinito y homogéneo. Bruno fue quemado vivo por hereje por la Santa Inquisición Romana y hoy se le considera como el primer mártir de la ciencia.

Asimismo, Galileo, astrónomo, matemático y físico, quien buscó una nueva vía de razonamiento y un lenguaje diferente que separase el mundo científico del dominio del catolicismo, publicó en 1632 la teoría heliocentrista, contraria a las enseñanzas de la Iglesia católica; fue convicto como hereje por el Papa Urbano VII y condenado a vivir en su casa por cárcel hasta su muerte en 1642. El caso fue reabierto en 1992 por el Papa Juan Pablo II cuando Galileo fue finalmente absuelto del delito de herejía 350 años después.

La posición de Galileo estableció para la posteridad que la ciencia es una entidad independiente y no puede ser controlada por ningún elemento de la sociedad.

El renacimiento de la medicina científica, encabezado por las universidades de Salerno, Bolonia y Padua en Italia, que a pesar del control absoluto del catolicismo sobre todo lo científico, le dió oportunidades a profesores y alumnos católicos, judíos, protestantes y musulmanes, permitiendo que la ciencia se abriera camino independientemente fuera del control del religioso, dando lugar a que las ideas liberales de los científicos florecieran.

San Agustín advirtió del peligro que presentaban los religiosos ignorantes en ciencias y agregó que la interpretación de los pasajes bíblicos debía ser hecha de acuerdo con el estado actual del conocimiento.

Modernamente, la lucha continúa y el debate actual entre la ciencia y la religión está dirigido, en parte, a las decisiones científicas y médicas, aun cuando son hechas a conciencia, con buen juicio y apoyándose en evidencias sólidas. Se debaten interminablemente el uso de los anticonceptivos, el aborto terapéutico, la eutanasia, el uso de las células madre, la vacuna contra el cáncer uterino y en el futuro se debatirán los nuevos temas científicos por falta de conocimiento científico de los clérigos, los extremistas religiosos, los seudocientíficos y otros interesados.

La ciencia y la religión han sido eternas rivales; pero la ciencia no se contradice con la religión. La ciencia se basa en la razón y la deducción; la religión se basa en la fe, que en algunas instancias es más fuerte que la lógica. Estas contradicciones metafísicas son aceptadas mas fácilmente por los científicos, contrariamente a lo que la mayoría de la gente piensa. La ciencia trata de responder preguntas: ¿cómo se construye una molécula de insulina con las nuevas biotecnologías? La religión también trata de responder preguntas: ¿por qué fue creado el hombre? Pero precisamente, la búsqueda de las respuestas, explica, que un acto es correcto o incorrecto y el por qué, es consolador, en el plano emocional, pero no satisface en el plano intelectual.

La ciencia concede a los humanos el entendimiento y el control de la naturaleza. Su objetivo es la observación y la experimentación construyendo y probando teorías; descartando unas y buscando otras mejores. Nunca es perfecta, nunca absoluta, tampoco la última palabra; sin embargo, es útil y se mejora cada vez. La religión por su parte es un asunto personal y privado. Es una guía de conducta y una teoría del significado moral de nuestra existencia, a pesar de que los extremistas religiosos insisten que sólo hay una manera de creer en Dios y es de acuerdo con la visión que ellos tienen, lo cual siempre ha conducido, inevitablemente, a tragedias bélicas.

Bien podemos mejor pensar como el físico inglés James Joule en su poética expresión sobre la termodinámica: nada se destruye; nada se pierde; todo el sistema, complejo como es, funciona en armonía; todo parece complicado en la aparente confusión y lo intrincado de las interminables causas y efectos y sin embargo, vemos una perfecta exactitud, todo gobernado por la voluntad de Dios.

Agujero negro en IC 10: nuevo record de masa.

Agujero negro en IC 10: nuevo record de masa

No es frecuente que se superen marcas en cuestiones astronómicas cada pocos días, pero así ha sucedido de nuevo con la masa de un agujero negro cuya estrella parental explotó como supernova. El 17 de Octubre un grupo de astrónomos anunciaba el descubrimiento a partir de las observaciones realizadas con el Observatorio de rayos X Chandra de un agujero negro en la galaxia M33 con una masa equivalente a 16 soles. Durante dos semanas más era sin duda el agujero negro de este tipo más pesado que se conocía. Tales agujeros negros llevan el apelativo "de masa estelar" porque su masa es típica de las estrellas.

Imagen: ilustración del sistema X-1 en IC 10. El agujero negro en la esquina superior izquierda y su estrella compañera a la derecha. Ambos objetos orbitan en torno al centro de gravedad cada 34´4 horas. La estrella compañera es de tipo Wolf-Rayet, estrellas altamente evolucionadas y destinadas a explotar como supernovas. Su envuelta exterior se escapa en un poderoso viento capturado por la gravedad del agujero negro. (Aurore Simonnet/Sonoma State University/NASA)

Pero en un artículo publicado el 1 de Noviembre otro equipo dio a conocer un nuevo hallazgo de nuevo sorprendente: un agujero negro de masa estelar con 24 masas solares, pero que quizás podrían ser hasta 33, descubierto también a partir de los datos del Chandra y del satélite de la NASA Swift.

Andrea Prestwich, del Centro Harvard-Smithsoniano de Astrofísica, en Cambrigde, Massachusetts (EEUU), se apresuró a declarar que batir marcas en sí no es lo realmente importante, lo que interesa a los científicos es lo que se puede aprender a partir de estos inesperados números sobre la formación de los agujeros negros.

El objeto en cuestión reside en una pequeña galaxia irregular denominada IC 10, relativamente cercana a Tierra, y lleva una estrella compañera en su viaje a través de espacio. A medida que ambos astros orbitan entre sí, el agujero negro atrapa parte del viento solar de la estrella merced a su poderosa gravedad. Este gas se precipita hacia su interior y acaba desapareciendo del Universo tras el horizonte de sucesos, pero a medida que gira en espiral durante su fulgurante caída se caliente y emite rayos X.

Imagen: galaxia enana irregular IC 10, localizada a 1´8 millones de años-luz de la Tierra. (Adam Block/NOAO/AURA/NSF)

Prestwich y sus colegas sabían que el sistema emite radiación normalmente, pero de cuando en cuando los rayos X desaparecen. Para averiguar lo que estaba sucediendo recurrieron al Swift y observaron durante 10 días en Noviembre de 2.006. A medida que ambos objetos recorren su órbita la estrella compañera pasa frente al agujero negro según se observa desde la Tierra y bloquea el paso de rayos X de modo similar a los eclipses de Luna, cuando ésta bloquea la luz solar al interponerse entre el Sol y la Tierra.

Los datos del Swift así como las observaciones realizadas desde el telescopio Gémini revelaron la velocidad orbital de ambos objetos, y a partir de esta información se calculó la masa del agujero negro. Tras tomar en consideración diversas incertidumbres, el equipo determinó que la masa del agujero negro era al menos 24 veces superior a la del Sol, pero existe posibilidad que alcance las 33 masas solares. Incluso de ser correcto el límite inferior de 24 masas solares, el agujero negro de IC 10 es considerablemente más pesado que el de 16 masas solares hallado en M33.

Obviamente el descubrimiento saca a relucir la cuestión de hasta dónde puede llegar la masa de un agujero negro. Los cálculos predichos con ordenador sugieren que las estrellas más masivas de nuestra galaxia dejan atrás al desaparecer agujeros negros de no más de 15 ó 20 masas solares. Incluso si estas estrellas comienzan sus vidas con 100 masas solares, expulsarán casi todo su material en los vientos estelares y en la explosión de supernova que pondrá fin a sus vidas.

Pero el agujero negro de IC 10 se formó probablemente de una estrella cuya composición química era distinta de la de las estrellas que pueblan actualmente la Vía Láctea. Específicamente la estrella parental debía portar una insignificante fracción de elementos más pesados que el hidrógeno y helio, los dos elementos más ligeros de la Tabla Periódica. Los modelos indican que tales estrellas no se desprenden de tanto gas antes de llegar a explotar, por lo que generan agujeros negros de masa superior.

Las estrellas masivas de nuestra galaxia hoy día posiblemente no produzcan agujeros negros extremadamente masivos, pero podrían existir millones de ellos ocultos desde los inicios de la historia de la Vía Láctea, antes de que aumentar la construcción de elementos pesados.

Aunque en IC 10 se ha roto de nuevo la marca de mayor agujero negro de masa estelar, esta magnitud apenas adquiere significado si la comparamos con los agujeros negros supermasivos del centro de las galaxias. Estos monstruos que parecen superan el límite de lo cognoscible nacieron cuando el Universo era muy joven por mecanismos que aún se desconocen y contienen millones y miles de millones de masas solares.


Más información:
http://www.nasa.gov/mission_pages/chandra/news/overweight_hole.html

Ciencia, religión y aborto...

Ciencia, religión y aborto - La Jornada

Debido a que el debate sobre la despenalización del aborto se realiza en México, nación en la que históricamente se ha definido la separación entre la Iglesia y el Estado, los opositores a las reformas al Código Penal del Distrito Federal, mediante las que se despenaliza el aborto, han decidido actuar con una estrategia que no se basa abiertamente en los argumentos religiosos, que tratan de ocultarse con la finalidad calculada de eludir una confrontación directa con la naturaleza laica del Estado mexicano. En cambio, han decidido una confrontación a partir de una supuesta argumentación científica. Un ejemplo es el "Cuestionario de la pericial en materia de concepción y vida humana en el seno materno" con el que la Suprema Corte convocó a diversos especialistas en biomedicina y que incluye temas sobre las bases biológicas del desarrollo embrionario, al que en algunos de sus aspectos me referiré en este texto.

Uno de los elementos con los que se pretende sostener la identidad entre el embrión con un ser humano e inclusive con una persona humana es el de la autonomía. Desde el punto de vista biológico, a partir de la unión del óvulo y el espermatozoide ocurren en la célula resultante de la fusión, en diferentes especies, eventos propios de las células vivas que no son exclusivos del cigoto, como la actividad eléctrica de la membrana y la aparición de corrientes eléctricas resultantes del flujo de iones, como el sodio, el potasio y el calcio, entre otros. La despolarización de la membrana, en este caso, como ocurre en la totalidad de las células vivas, indica que funcionalmente están activas desde el punto de vista eléctrico. Pero este fenómeno ocurre en células como los óvulos o los espermatozoides por separado, o en células aisladas del corazón, el cerebro o el hígado, entre muchas otras, y es una propiedad que pueden mantener en medios apropiados por periodos prolongados separadas del cuerpo. Esto significa que son eléctricamente autónomas, pero a nadie se le ocurriría desde el punto de vista científico establecer por este solo criterio una identidad de estas células con un ser humano.

En el embrión ocurre una activación genética que le es propia, a la que se conoce como reprogramación epigenética. Significa que ocurren modificaciones en el ácido desoxirribonucleico o ADN que no implican cambios en su secuencia, con la que estaría guiando de manera autónoma su desarrollo posterior. La reprogramación consiste en modificaciones (que incluyen la metilación del ADN, la modificación de histonas, la aparición de enzimas que remodelan la cromatina y moléculas de ácido ribonucleico, RNA) que en conjunto regulan de manera particular la expresión genética, reprimiendo o activando la acción de los genes. Los cambios epigenéticos, si bien son una expresión de autonomía, no pueden considerarse atributos propios de un ser humano. ¿Por qué?

La autonomía en la reprogramación epigenética no es exclusiva del embrión. Estudios recientes en células troncales adultas de la piel de humanos muestran su capacidad de transformarse en células con morfología neuronal. En estas células, cultivadas artificialmente, pueden registrarse corrientes de calcio voltaje-dependientes, y ocurren procesos como las modificaciones covalentes de histonas y metilación del ADN, pero a nadie se le ocurriría postular, desde el punto de vista científico, que esta capacidad autónoma de diferenciación, basada en una reprogramación genética, convierte automáticamente, a las células de la dermis, o las seudoneuronas resultantes, en seres humanos o personas.

Otro argumento para apoyar la autonomía del embrión humano se basa en la aparición durante el proceso de división celular de dos células o blastómeros que son asimétricos, lo que daría lugar a la formación ulterior de regiones específicas como la masa interna y el trofoectodermo; este proceso estaría mediado por un gen Cdx2 ¡en ratones! Este fenómeno se expresa, también en roedores, en células aisladas que no dan lugar a ratoncitos, sino a diferentes tipos de tejidos. En humanos, para llevar la argumentación al terreno que a todos interesa, el CDX2 se expresa, por ejemplo, en la formación de células productoras de insulina, lo que nos lleva a pensar que las células pancreáticas creadas artificialmente no son equivalentes a un ser humano, mucho menos a una persona humana…

* El texto completo puede leerse a partir de hoy en el Foro sobre la Despenalización del Aborto: http://ciencias.jornada.com.mx


lunes, 7 de enero de 2008

Arcoiris???

Arcoiris??? - Yahoo! Respuestas

el arcoiris es un pacto de Dios con los hombres.....??

o es un fenómeno meteorológico y a la vez fenomeno visual u óptico en el cual los rayos solares atraviesan pequeñas particulas de agua atmosférica formando asi un arco multicolor??'

si no entiendes el pacto de dios con los hombres,
busca en el final de la historia del arca de noe¡¡¡

Mejor respuesta - Elegida por la comunidad

No era necesario que vinieras de otra galaxia para contarnos tu maravillosa ciencia sobre el Arco Iris, siendo que sabemos que es un fenómeno óptico meteorológico desde 1611 ("Teoría elemental del arco iris" de Antonius de Demini que, tras estudios de sir Alex Ballester y René Descartes daría lugar a la "Teoría completa del arco iris" propuesta inicialmente por Thomas Young y, más tarde, elaborada en detalle por Potter y Airy... la demostración de que la luz blanca del Sol se podía descomponer vino, finalmente, de la mano de Isaac Newton y sus prismas... y de esto hace más de tres siglos).

Lo que no cabe en tu Brain, o Captain, es que no todo es ciencia... también somos unos primates poéticos. Y la poesía es lenguaje del espíritu y, en ese lenguaje, es en el que está expresado el Arco Iris al que haces referencia: el bíblico... pero bueno, esto es algo que está por encima de tu intelectual capacidad extraterrestre...

OgDoaD
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¿Cual es la CAUSA del Big Bang: la Nada o Dios?

¿Cual es la CAUSA del Big Bang: la Nada o Dios? - Yahoo! Respuestas

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Primero aclaremos ideas: cientificamente la nada es un imposible ya que es "algo" que no se puede tener (si se tiene, ya no es nada). Toda definición de la Nada es falsa porque por el mero hecho de definirla ya es "algo", pero la definición nos permite hablar de ella INDIRECTAMENTE. En nuestro universo la nada no existe: aun en ausencia total de partículas, radiaciones, campos electromagnéticos, gravitatorios, etc, el vacío no es la nada: el vacío perfecto está lleno de espacio y tiempo... así que el vacio perfecto no es la Nada en sentido extricto. La Nada está fuera de nuestro alcance, fuera del espacio y del tiempo y de todo cuanto éstos contienen, resulta "ser" de una dimensión atemporal: eterna... como Dios. Si un científico defensor del Big Bang dice que todo procede de un punto matemático (no es que sea infinitamente más pequeño que un átomo... ¡es que es adimensional!) de infinita densidad, lo que está diciendo es una entelequia de la mente, así la llame él singularidad (eufemismo para decir lo mismo). El Big Bang se origina en ausencia de espacio y de tiempo, los cuales sólo existen a partir de él... ¿dónde está la materia y la energía de que hablan muchos si resulta no haber espacio alguno previamente que las contenga? Les leyes de conservación de la física son aplicables en nuestro universo actual... pero es mucha fe el pretender la validez de las mismas fuera del mismo. La teoría del Big Bang ha llevado a cientificos a la sorprendente conclusión de que la luz no siempre ha sido una constante y que, en los inicios, su velocidad debió superar, necesariamente, los 300.000 km/sg actualmente reconocidos (quedan, entonces, inaplicables las fórmulas einstenianas) para que el Universo siguiese en su expansión y no se hubiera colapsado sobre sí mismo al bien poco de "nacer". De la Nada real nadie sabe si puede salir algo, porque la Nada, en nuestro mundo y en nuestro concepto, es una irrealidad, una entelequia... y de la Nada, se nos dice, es que vino Todo. ¿Será quizás la Nada, por su condición eterna, la "dimensión" en que se "mueve" Dios, otro concepto inasible por Eterno? Quizás por ahí anden los tiros...

OgDoaD

happy
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¿Qué razones objetivas hay para pensar que Dios y Evolución sean incompatibles?

¿Qué razones objetivas hay para pensar que Dios y Evolución sean incompatibles? - Yahoo! Respuestas

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Objetivamente no hay razón alguna; de hecho, en el mundo científico hay (y han habido) personalidades de relieve y universalmente celebradas que creían en Dios (pero rara vez en alguna religión) y que no creían en Él (ateos).

El problema está en las religiones dogmáticas, las cuales consideran que sus textos antiguos son, esencialmente, "palabra de Dios", y, por lo tanto, son inapelabes e indiscutibles: las cosas son como en ellos se dice y no pueden ser de otra manera. Es el inmovilismo de la fe frente a la movilidad inherente a la búsqueda de respuestas racionales. La ciencia suprime a Dios de sus ecuaciones, lo cual no quiere decir que Dios no exista... y si algo expresa el "pensamiento" de Dios es, precisamente, la ciencia (sin pretenderlo, por supuesto). Dios es el Creador, pero no es el Jardinero ni el Ganadero: tras la Creación, ésta ha ido, incesante y constantemente, cambiando, evolucionando. ¿El propósito de esto? Un misterio por ahora. Pero no creo que Dios ande por aquí: su "lugar" es otro... como el pintor no está en su pintura ni el escultor en su escultura (valga la analogía como ejemplo). Saludos.

OgDoaD

happy